Continuación de:
La Novela de Lily
Por
la novelista osornina Lily Fuchslocher
Fortuna Amasada
Capítulo II
El Viñatero
Cuando en 1860 llegó a la residencial Paris de la calle
Merced un joven caballero con vestimenta europea, con barbita y bigote a la
europea y con su andar y su mirada de hombre de mundo, la casona de los de
Lorca entró en caos. Las cinco chinas
del servicio lo habían visto de lejos y de cerca y la temblequera de cuerpo y
seso hizo presa en ellas. El orden
establecido por doña Policarpa jamás había sido desestabilizado. Era estricta en los horarios, en lo de cada
cosa en su lugar, en que no faltara el agua limpia en las jofainas de las
alcobas ni las bacinicas relucientes en los veladores; y ahora de pronto en
todo encontraba motivos de queja y levantaba la voz más allá de las buenas
maneras.
Tan
molesta y disgustada se sentía que se lo comentó a su esposo. Éste le aconsejo: Escuche el parloteo en la
cocina mujer, así se enterará.
-
Te
digo que es un francés
-
¿Quién
te lo dijo?
-
El
Pancho de la portería
-
Ayer
cuando fui a casa de Misia Rosarito a dejar el recado me lo topé, quiso
saludarme, pero se arrepintió. El
suspiro sonoro que se me escapó segurito que lo escuchó.
-
Eres
una loca, si lo llega a saber la amita te deja a pan y agua por una semana.
Se pasaban el día hablando del recién
llegado, jactándose de que me miró, de que me saludó, de que me quiso hablar y
yo me largue a correr.
El destino de Rosario, la hija solterona de los de Lorca,
la compañera
inseparable de su madre, el lucero de
Don Antonio, la mano auxiliadora de los hermanos había llegado a una bifurcación,
por eso, a aquel domingo lo alcanzo el caos y doña Policarpa se despertó, por
primera vez en su vida, con atraso y con atraso franqueó el umbral de su casa
camino a la misa de 9 en la
Iglesia de la
Merced.
Justo en frente se abría la gran
puerta de roble y salía por ella, luciendo una mágica pinta dominguera, el
nuevo huésped.
Rosario había pasado la última semana
en el tercer patio haciendo lo que más le agradaba: vivir con sus flores. Estuvo ensimismada con los almácigos para la
próxima floración de los balcones y nada había escuchado del hombre que tenía
alborotada su casa y a su madre disgustada con todo el famulato.
Lo vio, lo miró sin comprender ¿Era
un santo aparecido o era real, como real de la realeza?
Un estremecimiento nunca
vivido le nació en la nuca, zigzagueo por sus pechos, le surcó el ombligo y
siguió su curso por las partes más íntimas de su virginal cuerpo.
La emoción de la joven no pasó desapercibida a doña
Policarpa quien la sujetó
firme del brazo y apuró el
tranco. Tenemos que entrar a la iglesia antes que llegue él, no será
nada fácil porque debemos cruzar la calle y él no, pensaba la señora. Su esfuerzo fue en vano porque la hija, al
contrario de la madre, apenas tenía fuerzas para poner un pie delante del
otro. Llegaron juntos a la escalinata y
él, cediéndoles el paso, clavó su mirada, la más afrancesada que tenía y que
guardaba para ocasiones muy especiales, en los ojos afiebrados de la afligida
Rosario.
Ellas atravesaron toda la nave para sentarse en el primer banco
que tácitamente
les pertenecía.
Doña Policarpa se dejó
caer en su reclinatorio y escuchó toda la misa arrodillada.
Al
volver a la calle, Rosario vio allá lejos, abriendo la puerta de la residencia
al francés que, según contó a las criadas, estaba envuelto en un halo
celestial.
El
miércoles que siguió a este Domingo, cuando el carillón de la Merced indicaba las once
horas sonó la campanilla de la puerta principal. Doña Milagros, la mayordoma fue a abrir y
agradeció a Dios no haber mandado a una de las chinas porque, destacándose bajo
el arco de la puerta y dándole de espaldas el sol de la mañana, el joven
francés parecía un verdadero enviado del cielo y ninguna zagala habría
resistido el impacto que su visión producía y habría caído en un éxtasis irrecuperable.
Pidió
hablar con el señor de Lorca y ella lo guió hasta la salita privada de don
Antonio donde lo dejó esperando de pie.
-
Qué
me dices Milagro, quién quiere hablar conmigo?
Y ella se volvió a
explicar con tantos enredos y vueltas que don Antonio decidió recibirlo sin
hacer más preguntas.
El joven se presentó: -
Claude Pierre Darrac, francés de Bordeaux y llegué a
Chile hace dos semanas.
De Lorca y arigüela dijo
don Antonio y tomaron asiento ¿En que le puedo ser
útil?
El francés se puso a dar
una larga explicación en un castellano muy poco
entendible.
Pudo haber llamado a su
hija Rosario para que les sirviera de interprete porque
gracias a Mademoiselle Clarise que
había contratado por cinco años para enseñar los principios básicos de la cultura
a sus hijos, ella había aprendido el idioma galo a la perfección, pero
instintivamente rechazó la idea.
Don
Antonio tardó, pero entendió: el extranjero había venido a Chile a invertir un
capital familiar en un viñedo con la cepa que ellos cultivaban allá en
Francia. Le urgía adquirir unas diez
cuadras de terreno porque las estacas estaban por llegar. Aconsejado por el dueño de la residencial se
había atrevido a molestarlo pidiéndole su amparo y mediación en la compra que
tenía que hacer. Don Antonio tuvo la
solución inmediata: su cuñado quería vender la chacra que tenía abandonada para
poder hacer una gran inversión en su fábrica de tejas. Por eso tomó el negocio en sus manos, mandó a
enganchar la calesa chica y se alejaron de la casa sin dar explicación.
Tras
un corto negociar llegaron al compromiso compra-venta, al día siguiente fueron
a ver el campo y al tercer día en la notaria principal de Santiago el francés entregaba los doblones
convenidos y firmaban la escritura pública que lo hacía dueño de diez y media
cuadras de tierra llamada “El Recodo”
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A
todas luces Claude Pierre Darrac era un hombre de bien y gran fortuna. En doña Policarpa comenzó a germinar la idea
de un posible enlace con su Rosario.
Nunca se le había pasado por la mente que ella fuera a casarse, porque
era el lucero de su padre, porque era su íntima compañera y porque si y porque
no el asunto de un casorio no estaba en discusión.
Somos
egoístas, se dijo doña Poli, cuando nosotros faltemos mi buena hija tendrá que
encerrarse en un convento sin haber tenido la dicha de acariciar un hijo, de
complacer a un marido sufrir y llorar por ellos.
Le
comunicó su inquietud a don Antonio y éste estuvo de acuerdo con los argumentos
de su esposa y aunque un lagrimón de hombre rodó hasta su bigote dio el
consentimiento para esa unión.
-
Si
la pareja así lo desea, agregó.
Y ¡por Dios! sólo ellos
sabían cuan grande era ese deseo.
Claude Pierre accedió al
pedido que le hizo su novia de quedarse viviendo en casa
de sus padres. Ella no quería alejarse de sus viejos porque
temía que viendo el nido vacío enfermaran de pena. Don Antonio fue el más contento con la
determinación que tomó la pareja porque había simpatizado con su yerno francés
que trajo a la casa de Lorca aires europeos renovados y doña Poli estaba
satisfecha de saber que el hogar no iba a sufrir mayores cambios. Escogió tres salas grandes y las acondicionó
para los jóvenes. Con entusiasmo las
decoró, con lo mejor que encontró en Santiago.
Ya encargaremos el amoblado a Francia, prometió a su hija, pero a
Rosario le pareció un detalle superficial.
Ella sólo quería poner su interés en complacer a su esposo.
Como
nunca pensó que su hija se iría a casar, no había preparado el ajuar, por eso
llegaron cinco costureras y bordadoras que trabajaban apuradas para que todo
estuviera listo en la fecha indicada.
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Damián
Darrac de Lorca celebró en grande sus cuatro añitos de vida y luego después de
la fiesta le subió la fiebre a 40°. Tras
una rápida compresa fría le bajó a 36° para subir al rato nuevamente a 40.
Fiebre
Tifoidea diagnosticó el doctor.
-
Poco puedo hacer por él, pero les dejo estas gotitas para que las tome cada
cuatro horas. Traten de bajarle la
temperatura con empaquetaduras frías con sal, que beba agua hervida, pero tibia
y que ingiera sólo alimentos livianos.
Mañana regresaré a verlo.
No
se conformaron con lo poco que el galeno pudo hacer y recurrieron a remedios
caseros, a recetas de la abuela, a la meica de Talagante, a los rezos, a las
mandas y ofrendas, a las velas encendidas en el altar de los ruegos por los
casos imposibles.
Rosario
hizo la manda más difícil de cumplir: un año entero se mantendría alejada de su
esposo en absoluta abstinencia.
Claude
Pierre lloraba silencioso entre las matas de su viñedo que estaban prontas a
brindarle la primera cosecha apta para elaborar el vino.
Los implementos necesarios para la
vendimia navegaban ya en alta mar rumbo a Valparaíso y las carretas estaban
preparadas para irlos a recoger.
A
los quince días el enfermito dio signos de recuperación y a su padre le pareció
un buen augurio para su primer vino.
Cayendo
la tarde de un hermoso día de Noviembre por el camino del alto, vio bajar las
carretas. Su corazón se aceleró y un
incomprensible nerviosismo se apoderó de él.
No conseguía definir sus sentimientos ¿era pena... era alegría?
Cuando
finalmente entraron a los patios su mirada se encontró con su pasado: las zarandas,
las gavetas, la esterilla, las cubas, los cascos, todos traían el sello de su
casa. Se acercó un poco más, acarició
las viejas maderas de encina francesa, le golpeó las sienes el olor del lagar
de Bordeaux, el olor de su padre volviendo de la vendimia, el olor del vino en
la cocina de su madre. Hasta escuchó la
risa de su prima cuando ennoviados bailaron la zarandela.
La
evocación fue tan vívida y dolorosa que se desplomó sin sentido.
-
¡Qué
le pasa patroncito! Le decía don Romualdo, su capataz, su hombre de confianza.
-
Denle
un matecito caliente decía otro.
Le salpicaron la cara con
agua fría y lo palmotearon hasta que le volvió el alma
al cuerpo. Se levantó sin hacer comentarios, montó su
alazán y regresó a Santiago.
Como
al cuarto día aún no se aparecía por la viña don Romualdo decidió ir a ver lo
que ocurría. No hizo comentarios ni en
los patios ni en la cocina, se limitó a esperar pacientemente a que llegara don
Claude Pierre.
Le
informaron que hacía tres días que entraba y salía de la casa, que revolvía y
seleccionaba papeles que se llevaba bajo el brazo y con los que regresaba horas
más tardes.
-
Tres
bien que hayas venido Romualdo le dijo y se lo llevo a su escritorio.
Le confidenció que se volvía a
Francia, que la nostalgia lo había atacado como el tifus a su hijo, pero que
a Dios gracias está mucho mejor,
agregó. Que había vendido la viña con
todo y todo incluido, que se la pagaron muy bien porque la uva ya está pronta a
entrar al lagar. Que le dejaría la mitad
de la ganancia a su adorada esposa, que un día la vendría a buscar, y añadió: -
a todos mis empleados los he dejado bien compensados.
Cambiando
su voz de amigo confidente a la de patrón dando ordenes le indicó que el día
27, antes del amanecer, debía estar a las puertas del segundo patio, en
completo silencio, con dos mulas de carga y dos buenos caballos, uno para ti y
uno para mi, dijo.
- Comunícale a tu esposa que volverás dentro de
tres días, para que no se preocupe... y de las confidencias nada, ¿entendiste?
En
la tarde del 26 hizo su última visita el doctor para dar por superada la
enfermedad de Damiancito, pero tomó del brazo a doña Policarpa y se la llevó a
un lado para decirle en tono autoritario: - ahora debemos salvar a la
Rosario; la veo muy,
muy desmejorada. Hay que cuidarse
de la tuberculosis doña, por eso le ordeno que la ponga a régimen de sueño y
alimento. Primero 16 horas de sueño
ininterrumpido para los cual le dejo estas gotitas de valeriana y luego deberá
comer cada dos horas. Hará la siesta dos
veces al día y por ningún motivo participará en tertulias, ni en novenas, ni en
misas tempraneras.
Rosario
se dejó llevar. La acomodaron en un
dormitorio alejado de todo ruido, alejado de los aposentos matrimoniales y de
la cuna del niño. Se durmió profundamente
con el sueño plácido que brinda el triunfo sobre el mal conjurado. Así no escuchó nada cuando su amado Claude
Pierre se alejó de ella para siempre.
La
muchacha del aseo notó, después de varios días, que el baúl del francés, que
estaba siempre a los pies de la cama del amo, ya no estaba.
Lo había llevado a la viña, manifestó
doña Milagros, como no dándole importancia, pero se quedó preocupada. Mandó a uno de los chicuelos, que siempre
rondan los patios, al campo “El Recodo” para que observara disimuladamente lo
que allá estuviera pasando. Volvió con
la noticia que había un nuevo patrón, que no sabían nada del caballero francés.
Milagros
no supo que hacer. A la niña Rosario ni
pensar en contárselo; a doña Poli podría ser... pero mejor no. Se lo diré a don Antonio.
Éste comentó como si ya hubiese
estado en antecedentes - ¡Se fue, qué le vamos a hacer!
A
Rosario nadie le hablaba de su marido y ella tampoco preguntaba por él. Tuvo la ingenua idea que él había hecho la
misma promesa que ella y que no quería acercársele por no faltar a su palabra y
caer en pecado. Luego pensó que si la
abstinencia iba a transcurrir sin tentaciones dolorosas la manda no tendría
valor alguno y la santa podría castigarlos por engaño y fraude.
En
pocos días Rosario estuvo totalmente restablecida y decidió volver a sus
aposentos donde, según calculaba, sufriría las penas del infierno.
Debo
hacer orden en mi cómoda, pensó y puso manos a la obra con entusiasmo y
dedicación. Comenzó con su ropa íntima,
la sacó toda del cajón para orearla.
Deslizó su mano hasta el fondo y tocó un género duro y áspero. Intrigada manoteó el espacio y asió dos
pequeños bultos. Los reconoció de
inmediato, eran iguales a los saquitos que su padre traía a casa cuando había
hecho un buen negocio. Le llamó la
atención las palabras escritas con dificultad sobre la tosca tela. En uno leyó: Je t’aime ma belle Rosario y en
el otro: Je t’aime mon petite fille.
Entonces
lo supo: la Santa
la estaba castigando por querer negarle sus favores al esposo que de seguro
había sufrido más que ella.
Aceptó el castigo con resignación, no
hizo ningún comentario ni sobre su abandono ni sobre el oro que le había
dejado. Volvió a cultivar las flores de
los balcones y agregó a este gozo el ver crecer sano e inteligente al único
hijo que tendría.
Pasaron
los meses y un buen día llegó a la casa de los de Lorca un enviado de la
embajada de Francia. Tiraba una mula de
carga que transportaba un baúl amarrado a sus ancas.
Resaltaban de entre las amarras
timbre, sellos y etiquetas, algunos ilegibles porque eran extranjeros y otros
fácil de reconocer por ser de la aduana chilena.
El
hombre de la embajada preguntó por doña Rosario, porque el encargo debía
entregarlo al destinatario en persona.
El
sobre era grande y firme como hecho de cuero de vejiga y en el leyó: Del barco
holandés “Ámsterdam” a la embajada de Francia en Chile para remitir a la señora
Rosario de Lorca viuda de Darrac.
No
lo abrió. Se lo entregó a su padre y no
se quiso enterar del contenido. El baúl
fue colocado a los pies de la cama donde siempre había estado, No teniendo la llave para abrirlo, no lo
abrió.