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Julio del 2006

COLUMNA ,HEREDIA: EL DETECTIVE DEL PUEBLO

Por Circulo La Bohemia - 31 de Julio, 2006, 14:41, Categoría: General

  

                

                

                La Columna de Germán Bielefeld V.

                                          Chessman

HEREDIA:

EL DETECTIVE DEL PUEBLO      

Por: Chessman

La novela negra, es uno de los géneros menos

.

desarrollados de la narrativa chilena, sin embargo,

. 

existen en nuestro país, varios escritores que han

.

desarrollado esta modalidad, entre ellos, Ramón

.

Díaz Etérovic, creador del famoso detective privado

.

Heredia.

     Descubrí a Heredia gracias a Roberto Ampuero, el creador de Cayetano Brule y luego por la televisión, cuando el personaje se hizo conocido por la serie "Heredia & Asociados". Debo reconocer que él me cautivó de inmediato y tuve que leerme casi de un tirón todas sus novelas. La influencia del escritor magallánico se nota en mi narrativa, siendo este un maestro de la recreación urbana y de la ironía que la refleja en los pensamientos de su personaje.

     Heredia no tiene nombre de pila, al menos en la saga, nunca lo ha revelado "por ser demasiado feo" dice el propio personaje, un solitario empedernido, bebedor, lector, coleccionista de citas y bares, teniendo por compañero a su gato Simenon, con quien suele hablar y arreglar el mundo, a solucionar los crímenes, a reflexionar. Aun siendo un solterón, Heredia no se queda atrás con el sexo opuesto y es frecuente verlo enredado con féminas en sus distintas novelas.  Ante todo Heredia parece un perdedor, viviendo al tres y al cuatro  pero con un amplio sentido de la justicia.

   La historia de Heredia se remonta al año 1987 con la publicación de la novela "La ciudad está triste" dando origen así a la saga, la que hoy suma once, siendo la última "El segundo deseo"   . Nuestro personaje, vive en pleno sector Mapocho, en un edificio de calle bandera con Ayllavillú, conviviendo con borrachos, prostitutas y restaurantes de mala muerte.  Heredia ama Santiago, sus barrios tradicionales y su gente. Ha sido caracterizado como un tipo melancólico, sensible, testigo de las heridas de un Chile maltrecho por los años de la dictadura y el actual capitalismo que todo lo convierte en dinero.  Heredia es intruso, metete, a veces un tanto flojo y le saca el quite a trabajos sin mucha gracia, salvo que las tripas le exijan otra cosa.

     En uno de mis últimos viajes a la capital, decidí seguir la "Ruta de Heredia", es decir, visitar sus lugares recurrentes como el sector Mapocho, el barrio Diez de Julio y el City Bar, ello con la secreta esperanza de encontrar al escriba y charlar con él.  No me lo crucé, pero si bebí un trago con los parroquianos del tradicional sitio de calle  Compañía. Allí me contaron que Díaz Eterovic concurre casi todos los días a compartir con sus lectores y a escuchar de Heredia nuevos casos policiales, los que luego hace novelas.   "El escriba está en deuda conmigo, me roba las historias y se llena los bolsillos de plata" –dice a menudo el detective.

    Heredia un personaje popular, el héroe del pueblo, de los desvalidos, de los que no tienen dinero para hacer justicia.  Los invito a descubrirlo y gozarlo.  Seguro que no se arrepentirán.

   La Serie:

Novelas de Heredia: La ciudad está triste;  Sólo en la oscuridad;  Nadie sabe más que los muertos; Nunca  enamores  a un forastero;  Ángeles y solitarios; El ojo del alma; Los siete hijos de Simenon; El hombre que pregunta; El color de la piel; A la sombra del dinero; el Segundo deseo,  Muchos gatos para un solo crimen (cuentos de Heredia)  

  

Osorno, 20 de julio de 2006.-

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La Novela de Lily

Por Circulo La Bohemia - 21 de Julio, 2006, 7:43, Categoría: General

Continuación de:

La Novela de Lily

                                                                            

Por la novelista osornina Lily Fuchslocher

 

 

 

Fortuna Amasada

Capítulo  II

El Viñatero

 

 Cuando en 1860 llegó a la residencial Paris de la calle Merced un joven caballero con vestimenta europea, con barbita y bigote a la europea y con su andar y su mirada de hombre de mundo, la casona de los de Lorca entró en caos.  Las cinco chinas del servicio lo habían visto de lejos y de cerca y la temblequera de cuerpo y seso hizo presa en ellas.  El orden establecido por doña Policarpa jamás había sido desestabilizado.  Era estricta en los horarios, en lo de cada cosa en su lugar, en que no faltara el agua limpia en las jofainas de las alcobas ni las bacinicas relucientes en los veladores; y ahora de pronto en todo encontraba motivos de queja y levantaba la voz más allá de las buenas maneras.

         Tan molesta y disgustada se sentía que se lo comentó a su esposo.  Éste le aconsejo: Escuche el parloteo en la cocina mujer, así se enterará.

 

-         Te digo que es un francés

-         ¿Quién te lo dijo?

-         El Pancho de la portería

-         Ayer cuando fui a casa de Misia Rosarito a dejar el recado me lo topé, quiso saludarme, pero se arrepintió.  El suspiro sonoro que se me escapó segurito que lo escuchó.

-         Eres una loca, si lo llega a saber la amita te deja a pan y agua por una semana.

 

Se pasaban el día hablando del recién llegado, jactándose de que me miró, de que me saludó, de que me quiso hablar y yo me largue a correr.

El destino de  Rosario, la hija solterona de los de Lorca, la compañera

inseparable de su madre, el lucero de Don Antonio, la mano auxiliadora de los hermanos había llegado a una bifurcación, por eso, a aquel domingo lo alcanzo el caos y doña Policarpa se despertó, por primera vez en su vida, con atraso y con atraso franqueó el umbral de su casa camino a la misa de 9 en la Iglesia de la Merced.

Justo en frente se abría la gran puerta de roble y salía por ella, luciendo una mágica pinta dominguera, el nuevo huésped.

Rosario había pasado la última semana en el tercer patio haciendo lo que más le agradaba: vivir con sus flores.   Estuvo ensimismada con los almácigos para la próxima floración de los balcones y nada había escuchado del hombre que tenía alborotada su casa y a su madre disgustada con todo el famulato. 

Lo vio, lo miró sin comprender ¿Era un santo aparecido o era real, como real de la realeza?

Un estremecimiento nunca vivido le nació en la nuca, zigzagueo por sus pechos, le surcó el ombligo y siguió su curso por las partes más íntimas de su virginal cuerpo.

         La emoción de la joven no pasó desapercibida a doña Policarpa quien la sujetó

firme del brazo y apuró el tranco.  Tenemos que entrar  a la iglesia antes que llegue él, no será nada fácil porque debemos cruzar la calle y él no, pensaba la señora.  Su esfuerzo fue en vano porque la hija, al contrario de la madre, apenas tenía fuerzas para poner un pie delante del otro.  Llegaron juntos a la escalinata y él, cediéndoles el paso, clavó su mirada, la más afrancesada que tenía y que guardaba para ocasiones muy especiales, en los ojos afiebrados de la afligida Rosario.

         Ellas atravesaron toda la nave para sentarse en el primer banco que tácitamente

les pertenecía.

Doña Policarpa se dejó caer en su reclinatorio y escuchó toda la misa arrodillada.

         Al volver a la calle, Rosario vio allá lejos, abriendo la puerta de la residencia al francés que, según contó a las criadas, estaba envuelto en un halo celestial.

         El miércoles que siguió a este Domingo, cuando el carillón de la Merced indicaba las once horas sonó la campanilla de la puerta principal.  Doña Milagros, la mayordoma fue a abrir y agradeció a Dios no haber mandado a una de las chinas porque, destacándose bajo el arco de la puerta y dándole de espaldas el sol de la mañana, el joven francés parecía un verdadero enviado del cielo y ninguna zagala habría resistido el impacto que su visión producía y habría caído en un éxtasis irrecuperable.

         Pidió hablar con el señor de Lorca y ella lo guió hasta la salita privada de don Antonio donde lo dejó esperando de pie.

-         Qué me dices Milagro, quién quiere hablar conmigo?

Y ella se volvió a explicar con tantos enredos y vueltas que don Antonio decidió recibirlo sin hacer más preguntas.

        

El joven se presentó: - Claude Pierre Darrac, francés de Bordeaux y llegué a

Chile hace dos semanas.

De Lorca y arigüela dijo don Antonio y tomaron asiento ¿En que le puedo ser

útil?

El francés se puso a dar una larga explicación en un castellano muy poco

entendible.

Pudo haber llamado a su hija Rosario para que les sirviera de interprete porque

gracias a Mademoiselle Clarise que había contratado por cinco años para enseñar los principios básicos de la cultura a sus hijos, ella había aprendido el idioma galo a la perfección, pero instintivamente rechazó la idea.

         Don Antonio tardó, pero entendió: el extranjero había venido a Chile a invertir un capital familiar en un viñedo con la cepa que ellos cultivaban allá en Francia.  Le urgía adquirir unas diez cuadras de terreno porque las estacas estaban por llegar.  Aconsejado por el dueño de la residencial se había atrevido a molestarlo pidiéndole su amparo y mediación en la compra que tenía que hacer.  Don Antonio tuvo la solución inmediata: su cuñado quería vender la chacra que tenía abandonada para poder hacer una gran inversión en su fábrica de tejas.  Por eso tomó el negocio en sus manos, mandó a enganchar la calesa chica y se alejaron de la casa sin dar explicación.

         Tras un corto negociar llegaron al compromiso compra-venta, al día siguiente fueron a ver el campo y al tercer día en la notaria principal de  Santiago el francés entregaba los doblones convenidos y firmaban la escritura pública que lo hacía dueño de diez y media cuadras de tierra llamada “El Recodo”

 

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         A todas luces Claude Pierre Darrac era un hombre de bien y gran fortuna.  En doña Policarpa comenzó a germinar la idea de un posible enlace con su Rosario.  Nunca se le había pasado por la mente que ella fuera a casarse, porque era el lucero de su padre, porque era su íntima compañera y porque si y porque no el asunto de un casorio no estaba en discusión.

         Somos egoístas, se dijo doña Poli, cuando nosotros faltemos mi buena hija tendrá que encerrarse en un convento sin haber tenido la dicha de acariciar un hijo, de complacer a un marido sufrir y llorar por ellos.

         Le comunicó su inquietud a don Antonio y éste estuvo de acuerdo con los argumentos de su esposa y aunque un lagrimón de hombre rodó hasta su bigote dio el consentimiento para esa unión.

-         Si la pareja así lo desea, agregó.

Y ¡por Dios! sólo ellos sabían cuan grande era ese deseo.

Claude Pierre accedió al pedido que le hizo su novia de quedarse viviendo en casa

de sus padres.  Ella no quería alejarse de sus viejos porque temía que viendo el nido vacío enfermaran de pena.  Don Antonio fue el más contento con la determinación que tomó la pareja porque había simpatizado con su yerno francés que trajo a la casa de Lorca aires europeos renovados y doña Poli estaba satisfecha de saber que el hogar no iba a sufrir mayores cambios.  Escogió tres salas grandes y las acondicionó para los jóvenes.  Con entusiasmo las decoró, con lo mejor que encontró en Santiago.  Ya encargaremos el amoblado a Francia, prometió a su hija, pero a Rosario le pareció un detalle superficial.  Ella sólo quería poner su interés en complacer a su esposo.

         Como nunca pensó que su hija se iría a casar, no había preparado el ajuar, por eso llegaron cinco costureras y bordadoras que trabajaban apuradas para que todo estuviera listo en la fecha indicada.

 

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         Damián Darrac de Lorca celebró en grande sus cuatro añitos de vida y luego después de la fiesta le subió la fiebre a 40°.  Tras una rápida compresa fría le bajó a 36° para subir al rato nuevamente a 40.

         Fiebre Tifoidea diagnosticó el doctor.

         - Poco puedo hacer por él, pero les dejo estas gotitas para que las tome cada cuatro horas.  Traten de bajarle la temperatura con empaquetaduras frías con sal, que beba agua hervida, pero tibia y que ingiera sólo alimentos livianos.  Mañana regresaré a verlo.

         No se conformaron con lo poco que el galeno pudo hacer y recurrieron a remedios caseros, a recetas de la abuela, a la meica de Talagante, a los rezos, a las mandas y ofrendas, a las velas encendidas en el altar de los ruegos por los casos imposibles.

         Rosario hizo la manda más difícil de cumplir: un año entero se mantendría alejada de su esposo en absoluta abstinencia.

         Claude Pierre lloraba silencioso entre las matas de su viñedo que estaban prontas a brindarle la primera cosecha apta para elaborar el vino.

Los implementos necesarios para la vendimia navegaban ya en alta mar rumbo a Valparaíso y las carretas estaban preparadas para irlos a recoger.

         A los quince días el enfermito dio signos de recuperación y a su padre le pareció un buen augurio para su primer vino.

         Cayendo la tarde de un hermoso día de Noviembre por el camino del alto, vio bajar las carretas.   Su corazón se aceleró y un incomprensible nerviosismo se apoderó de él.  No conseguía definir sus sentimientos ¿era pena... era alegría?

         Cuando finalmente entraron a los patios su mirada se encontró con su pasado: las zarandas, las gavetas, la esterilla, las cubas, los cascos, todos traían el sello de su casa.  Se acercó un poco más, acarició las viejas maderas de encina francesa, le golpeó las sienes el olor del lagar de Bordeaux, el olor de su padre volviendo de la vendimia, el olor del vino en la cocina de su madre.  Hasta escuchó la risa de su prima cuando ennoviados bailaron la zarandela.

         La evocación fue tan vívida y dolorosa que se desplomó sin sentido.

-         ¡Qué le pasa patroncito! Le decía don Romualdo, su capataz, su hombre de confianza.

-         Denle un matecito caliente decía otro.

Le salpicaron la cara con agua fría y lo palmotearon hasta que le volvió el alma

al cuerpo.  Se levantó sin hacer comentarios, montó su alazán y regresó a Santiago.

         Como al cuarto día aún no se aparecía por la viña don Romualdo decidió ir a ver lo que ocurría.  No hizo comentarios ni en los patios ni en la cocina, se limitó a esperar pacientemente a que llegara don Claude Pierre.

         Le informaron que hacía tres días que entraba y salía de la casa, que revolvía y seleccionaba papeles que se llevaba bajo el brazo y con los que regresaba horas más tardes.

-         Tres bien que hayas venido Romualdo le dijo y se lo llevo a su escritorio.

Le confidenció que se volvía a Francia, que la nostalgia lo había atacado como el tifus a su hijo, pero que a  Dios gracias está mucho mejor, agregó.  Que había vendido la viña con todo y todo incluido, que se la pagaron muy bien porque la uva ya está pronta a entrar al lagar.  Que le dejaría la mitad de la ganancia a su adorada esposa, que un día la vendría a buscar, y añadió: - a todos mis empleados los he dejado bien compensados.

         Cambiando su voz de amigo confidente a la de patrón dando ordenes le indicó que el día 27, antes del amanecer, debía estar a las puertas del segundo patio, en completo silencio, con dos mulas de carga y dos buenos caballos, uno para ti y uno para mi, dijo.

         -  Comunícale a tu esposa que volverás dentro de tres días, para que no se preocupe... y de las confidencias nada, ¿entendiste?

         En la tarde del 26 hizo su última visita el doctor para dar por superada la enfermedad de Damiancito, pero tomó del brazo a doña Policarpa y se la llevó a un lado para decirle en tono autoritario: - ahora debemos salvar a la  Rosario; la veo muy,  muy desmejorada.  Hay que cuidarse de la tuberculosis doña, por eso le ordeno que la ponga a régimen de sueño y alimento.  Primero 16 horas de sueño ininterrumpido para los cual le dejo estas gotitas de valeriana y luego deberá comer cada dos horas.  Hará la siesta dos veces al día y por ningún motivo participará en tertulias, ni en novenas, ni en misas tempraneras.

         Rosario se dejó llevar.  La acomodaron en un dormitorio alejado de todo ruido, alejado de los aposentos matrimoniales y de la cuna del niño.  Se durmió profundamente con el sueño plácido que brinda el triunfo sobre el mal conjurado.  Así no escuchó nada cuando su amado Claude Pierre se alejó de ella para siempre.

         La muchacha del aseo notó, después de varios días, que el baúl del francés, que estaba siempre a los pies de la cama del amo, ya no estaba.

Lo había llevado a la viña, manifestó doña Milagros, como no dándole importancia, pero se quedó preocupada.  Mandó a uno de los chicuelos, que siempre rondan los patios, al campo “El Recodo” para que observara disimuladamente lo que allá estuviera pasando.  Volvió con la noticia que había un nuevo patrón, que no sabían nada del caballero francés.

         Milagros no supo que hacer.  A la niña Rosario ni pensar en contárselo; a doña Poli podría ser... pero mejor no.  Se lo diré a don Antonio.

Éste comentó como si ya hubiese estado en antecedentes - ¡Se fue, qué le vamos a hacer!

         A Rosario nadie le hablaba de su marido y ella tampoco preguntaba por él.  Tuvo la ingenua idea que él había hecho la misma promesa que ella y que no quería acercársele por no faltar a su palabra y caer en pecado.  Luego pensó que si la abstinencia iba a transcurrir sin tentaciones dolorosas la manda no tendría valor alguno y la santa podría castigarlos por engaño y fraude.

         En pocos días Rosario estuvo totalmente restablecida y decidió volver a sus aposentos donde, según calculaba, sufriría las penas del infierno.

         Debo hacer orden en mi cómoda, pensó y puso manos a la obra con entusiasmo y dedicación.  Comenzó con su ropa íntima, la sacó toda del cajón para orearla.  Deslizó su mano hasta el fondo y tocó un género duro y áspero.  Intrigada manoteó el espacio y asió dos pequeños bultos.  Los reconoció de inmediato, eran iguales a los saquitos que su padre traía a casa cuando había hecho un buen negocio.  Le llamó la atención las palabras escritas con dificultad sobre la tosca tela.   En uno leyó: Je t’aime ma belle Rosario y en el otro: Je t’aime mon petite fille.

         Entonces lo supo: la Santa la estaba castigando por querer negarle sus favores al esposo que de seguro había sufrido más que ella.

Aceptó el castigo con resignación, no hizo ningún comentario ni sobre su abandono ni sobre el oro que le había dejado.  Volvió a cultivar las flores de los balcones y agregó a este gozo el ver crecer sano e inteligente al único hijo que tendría.

         Pasaron los meses y un buen día llegó a la casa de los de Lorca un enviado de la embajada de Francia.  Tiraba una mula de carga que transportaba un baúl amarrado a sus ancas.

Resaltaban de entre las amarras timbre, sellos y etiquetas, algunos ilegibles porque eran extranjeros y otros fácil de reconocer por ser de la aduana chilena.  

         El hombre de la embajada preguntó por doña Rosario, porque el encargo debía entregarlo al destinatario en persona.

         El sobre era grande y firme como hecho de cuero de vejiga y en el leyó: Del barco holandés “Ámsterdam” a la embajada de Francia en Chile para remitir a la señora Rosario de Lorca viuda de Darrac.

         No lo abrió.  Se lo entregó a su padre y no se quiso enterar del contenido.  El baúl fue colocado a los pies de la cama donde siempre había estado,  No teniendo la llave para abrirlo, no lo abrió.

 

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La Novela de Lily

Por Circulo La Bohemia - 13 de Julio, 2006, 21:35, Categoría: General

La Novela de Lily

                                                                            

Por la novelista osornina Lily Fuchslocher

 Presentamos la novela inédita "Fortuna Amasada"  por capítulos en este blog
que podrán seguir semana a semana, deseamos disfruten su lectura…

 

 
Fortuna Amasada

         Índice

                                                                                              Páginas

 

         I        La viuda                                                                 4

 

         II       El viñatero                                                              8

 

         III      Rosario funda una empresa                                      14

 

         IV     Comienza la nueva generación                                  19

 

         V       La niña sin infancia                                                   26

 

         VI     Se enlazan las familias                                               31

 

         VII    Georgina olvida su promesa                                     42

 

         VIII   La tercera residencia                                                 55

 

         IX     Ruptura total                                                            58

 

         X       El francés y sus sentimientos                                   62

 

         XI     Regalo de Navidad                                                  66

 

         XII    Las casadas                                                                      70

 

         XIII   La despedida                                                           71





Genealogía familia Irrigoyen Darrac

 

 

                                                                                     Mercedes

                                                                                     Irrigoyen

                                                                                     Villaurren

 

1.- Claude Pierre                                                          7.- Benjamín

Irrigoyen Darrac                                                          Irrigoyen Darrac

n.1922 Santiago                                                           n 1938 Santiago

t 1994 s.s                          2-3-4-5-6                                      c.c.N. Villaurren

 

 

                               Hermanos Irrigoyen Darrac

 

Samuel Irrigoyen Cumming                                      María de las Mercedes

 n.1895 Santiago                                                       Darrac Darrac

t 1940 Santiago                                                         c.1920c Samuel Irrigoyen

                                                                                  n. 1899 Valle del Toltén

Sebastián Irrigoyen                                                    t.1991 Santiago

n. 1856 Vasconia

c.1882 Santiago                                                         María Rita

c. Elisa Cumming                                                      Darrac Ancahual

n. Santiago                                                                n.1888 Valle del Toltén

t. Santiago

                                                                                  Damián Darrac de Lorca

N. Cumming                                                              n. 1861 Santiago

n.Inglaterra                                                                c. 1886 c

c.c.N.N                                                                      Malincha Ancahual

3 hijos varones

2 HIJAS                                                                    Claude Pierre Darrac

                                                                                  n. Francia Bordeaux

                                                                                  t.1864

                                                                                  c.1860c

                                                                                  Rosario de Lorca t VIII 1920

 

                                                                                  Antonio de Lorca y Arigüela

                                                                                  Activo en 1840 t 1868

                                                                                  c.c Policarpa de la Guarda Henríquez.

 

 


Capítulo I

 

                La viuda

 

         Arreglada la posesión efectiva y hecho ya el reparto de los bienes tras la muerte de mi esposo, decidí vivir tanto en Santiago como en Osorno.  Según como se presente el clima, les dije a mis hijos, y estuvieron de acuerdo.

         Me instalé en el confortable departamentito de Lyon con Providencia y me reservé en la casona del campo dos piezas para los meses de verano.

         No tardé en contactarme con mi prima Ruty algo mayor que yo y que, ya sea por la total dedicación a su carrera, ya sea porque no llegó no llegó el amor apropiado para matrimoniarse permanecía soltera y con un buen ingreso de jubilada.  

Ella mantenía viva una antigua amistad con María Pía y una nueva con Elisa García.  Ésta era un poco menor que nosotras y su esposo médico le había pedido recientemente el divorcio; sin pensarlo dos veces y antes que él se arrepintiera le dio el sí.  Estando sus hijos en el extranjero no tenía, por el momento, ni deberes ni compromisos con nadie; disponía de todo el tiempo del mundo para sí sola y su agenda estaba siempre compartida entre salones de belleza, gimnasios, talleres de arte, conciertos y sus amigas. 

María Pía estaba casada desde muy joven con Eugenio Villaurren, empresario

exitoso, amante esposo y padre querendón de siete hijos, ahora ya abuelo por tres veces. 

Con el correr de los años se hizo adicto a los negocios, y a las cuentas bancarias, jamás escatimó un céntimo a su esposa y ésta, generosa como pocas, cubría los gastos que no podíamos solventar nosotras si algún minuto que nos proporcionaría felicidad resultaba muy costoso.

         La amistad se fue fortaleciendo de un modo enfermizo y ya casi no pasaba un día sin  que compartiéramos algunos minutos agregando a estos, conciertos, teatros, exposiciones, desfiles de moda, y otros eventos.  No bastándonos con esto agregamos paseos a Viña donde probábamos suerte en el Casino y del que salíamos exasperadas porque la ruleta favorecía siempre a la Pía de modo que ésta se sentía obligada a invitarnos a un banquete y ella generosa como era, nos llevaba al restaurante que ofrecía los mejores platos de mariscos y pescados y con la mejor vista al mar.

         Si el pronóstico decía sol en La Serena, para allá nos trasladábamos a conseguir un tinte saludable para nuestra piel.

         En invierno preferíamos los baños en las termas de Chillán; pero de todos nuestros paseos los más lindos eran los que hacíamos a Portillo; el ambiente internacional que reina allí nos causaba una profunda satisfacción.    

         Esa mañana fui sola con María Pía a la exposición retrospectiva de Sergio Montecino.  Entusiasmada le contaba sobre los óleos que había visto nacer allí en el sur, en su casa de campo.

        

 

 

Paisajes idílicos  que él plasmó en sus telas con incomparable maestría.  Vi crecer las pinturas día a día y vi cómo la pincelada certera dejaba caer el agua de la nube oscura o la partía para dejar paso a los rayos ardientes de un sol de verano.

-         Te presento a Georgina, una prima de Ruty ¿Te acuerdas de Ruty?

-         Claro, como olvidarla si Eugenio insiste en que la contrate como mi abogado personal.

María Pía se puso tensa, algo le molestó; ya en otra oportunidad me pareció haber

observado en ella esa misma actitud e igual que aquella vez le atacó la verborrea y comenzó a contarle a Claude Pierre quien era yo, de mi viudez, de mis hijos, del fundo en Osorno y del porqué de los comentario que hacíamos sobre la pintura de Montecino.  Son vecinos cerco por medio, le explicó.

         Me ofusqué, me sentí molesta pero no conociéndola bien preferí no criticarla, sólo pensé que un feo trauma la tenía atrapada.

Él la miró como pidiendo disculpas por haberla molestado, pero ella siguió hablando sin dirigirse a nadie en particular y sin fijar su vista en su interlocutor.  El aprovechaba de seguir urgando en mi íntimo yo.  Ya con su primera mirada de felino en acecho con agilidad había saltado por mi ventanal abierto y trataba de encontrar un rinconcito cálido donde enroscar su cuerpo.

         De él no supe más que lo que pude ir captando: que su nombre de pila es francés, que es amigo de la familia de Pía, hombre rico sin duda, fortuna antigua pensé, su parsimonia, sus movimientos armoniosos, su palabra, su dicción correcta y no estudiada, lo determinaban.  Peinaba incipientes canas en una cabellera con tintes cobrizos; bordeaba los sesenta años.

         Le ayudamos a escoger la obra que buscaba, es decir, yo le ayudé porque la opinión de la Pía lo dejaba indiferente.  Le aconsejé el cuadro de las Vegas del Rahue, al mencionarle que era mi campo no quiso mirar más; pasó por secretaría, giró el cheque y dio las ordenes pertinentes.  Luego nos tomo del brazo y nos llevó a una cafetería de la calle Miguel de la Barra, la cafetería de los artistas de Bellas Artes.

         Pareció estar en su casa, saludó a izquierda y derecha y escogió una mesita retirada donde nos sentamos a consumir primero un café, en seguida un aperitivo y luego el plato y vinito de la casa.

         Conversamos amenamente.  María Pía había vuelto a ser la persona agradable, culta e ingeniosa.  El ataque de verborrea había quedado en el pasado, pero yo pensé que su amigo sabía muy bien lo que a el ella había molestado   

En la charla de tres horas no conseguí saber quien era el hombre, en cambio yo

me había vuelto transparente como un cristal y hasta se podía ver en mi interior lo agradada que estaba con el felino acurrucado en mi alma.

 Nos despedimos y las dos seguimos juntas nuestro camino.

         Sin preámbulos me dijo: - No te ilusiones, es un solterón inalcanzable, muchas lo han intentado, pero el es experto en escabullirse.

-         ¿Es pirulo?

-         ¡No mujer, es hombre de los más!

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Enviudé a la edad de cincuenta y dos años, edad en la que aun se puede caer en

las redes del amor.   Conciente de eso me prometí esquivar cualquier flechazo de Cupido.&n